lunes, 24 de noviembre de 2014

Nunca es demasiado tarde

En forma de drama con ligeros toques de humor británico, llegó esta película de 2013 a nuestra cartelera, pasando mayormente desapercibida por la dura competencia de Los juegos del hambre: Sinsajo, Parte I (F. Lawrence). Su director es Uberto Pasolini, sobrino de Luchino Visconti- director de cine y ópera-, y produjo en 1997 la película The Full Monty (P. Cattaneo). Ha sido premiada en diversos festivales europeos.



QUÉ CUENTA: John May (Eddie Marsan) es un funcionario del Ayuntamiento que se encarga de encontrar a las personas más cercanas de los recién fallecidos. No es tarea fácil: hay personas que mueren completamente solas y nadie desea encargarse de sus restos necrológicos, ni de asistir a los funerales.

Quizás John May sea el personaje más desaprovechado del mundo. O quizás la película en sí esté más muerta que sus personajes. El caso es que el planteamiento es bueno, muy bueno, pero su ejecución no deja sitio para el entretenimiento del espectador ni para su empatía. Bajo un ritmo realmente sosegado y una banda sonora peculiar pero repetida hasta la saciedad, Pasolini parece querer estirar su idea original y decide hacer un largometraje de donde sólo se salvan un par de buenas escenas.

Eddie Marsan, visto últimamente como secundario en Filth, el sucio (J. S. Baird, 2013), parece el actor indicado para un personaje de movimientos tan lentos que dan ganas de tirarle un cubo de agua fría para que despierte. Su compañera de reparto, Joanne Froggatt, vista en la serie de televisión Downton Abbey (J. Fellowes, 2010), también podría dar más de sí, aunque su problema principal es la considerable diferencia de edad con respecto al protagonista, lo que termina con los esquemas del espectador al sugerir una posible relación sentimental entre ellos dos.


La objeción de esta película es su pérdida de pulso conforme avanza. Su humor se hace casi imperceptible y sus partes más dramáticas resultan poco interesantes. Pasolini deja atrás todos los medios con tal de llegar a su final con la llamada “mano (o en este caso zarpa) del guionista”: terminar la historia tal y como desde el principio se tenía previsto. ¿Cómo? Lanzando un mensaje final que supone ser ejemplarizante pero que resulta más bien anecdótico. Una especie de altruismo mezclado con la más antigua de las fórmulas Carpe Díem. Lo que podría ser una buena historia termina como una hora y media de miraditas al reloj.


Te gustará si…

- Te gustó el juego del fotomatón en Amelie (J. P. Jeunet, 2001).
- Te gusta el cine minimalista.

Imágenes de Palace Films